12/Sept/2018

Especialista en empoderamiento económico de mujeres en América Latina, cuestiona las relaciones patriarcales.

Por UAM Cuajimalpa / /

  • Este sistema “se vuelve una jaula para las personas y no hay diversidad de ser y de hacer, porque todo está marcado, desde el nacimiento, por esa construcción esquemática de género”.

De acuerdo con la economista feminista, Juliana Martínez Franzoni, es importante analizar si el empoderamiento económico de las mujeres en Latinoamérica avanza, retrocede o se encuentra estático respecto de las relaciones patriarcales. Define al patriarcado como: “el monopolio de las decisiones en el acceso a los recursos en manos de los hombres”. 

Aclara que el poder no está en posesión de cualquier hombre, sino que se concentra en “un tipo específico de masculinidad hegemónica”. Por lo que no se trata de “varones malos y mujeres buenas”, sino de una relación que se da como consecuencia de la construcción de las masculinidades y feminidades.

Para la académica, América Latina es una región que “viene de un terremoto en la vida de las mujeres”, ya que el acceso femenino a los recursos nunca se había ampliado tanto como en los últimos 30 años. Luego de la regularización económica, hubo una modificación del modelo de familia, que estaba dado por el rol del “macho proveedor”.

El nuevo rol de las mujeres ha marcado una diferencia en las relaciones laborales y familiares. Pero “paradójicamente la vida de los hombres ha cambiado mucho menos; los hombres latinomericanos dedican el mismo tiempo para cuidados hoy que hace 20 años”. Esta inercia atraviesa clase, educación y nivel socioeconómico. Siempre están los que “dicen que se encargan de los cuidados”, pero son tan marginales que aún no mueven la aguja en las encuestas.

“Las mujeres latinas somos mucho más desiguales ahora que en los 90”, y las estrategias para lidiar con estos cambios están altamente estratificadas. “Las mujeres con mucha educación lo externalizan a través de otras mujeres que cuidan, mientras las que cuidan quedan recluidas en los hogares”; para la economista “una agenda feminista necesariamente tiene que pensar la articulación entre clase social y género para tocar realmente la desigualdad”.

“Entre 2000 y 2013, período de desaceleración económica y de ‘giro a la izquierda’, las mujeres del quintil uno (las más pobres) no se beneficiaron de los cambios. “Gran parte de la disputa política se juega en la intersección entre clase y género”. Una expresión clara de esta disputa es el crecimiento reaccionario de “la ideología de género como un cuco a combatir”.

Las mujeres populares son las más captadas por este avance conservador, y tienen características comunes: mientras las mujeres de clase media son madres recién alrededor de los 30, seis de cada diez mujeres pobres lo son antes de los 18; los padres de sus hijas e hijos suelen ser mayores que ellas, no tienen acceso a los servicios de cuidados y tienen redes de apoyo débiles. Por otro lado, “las mujeres que tienen otras condiciones y que hablan del techo de cristal, si bien tienen parejas que no cuidan, pueden acceder a los servicios de cuidados, y sólo 6% son madres antes de los 18 años”.

Ante esta situación, la economista sugiere revisar sobre quiénes repercute el problema de los cuidados. Explica que las familias con mayores ingresos difícilmente no acceden a servicios de cuidados, mientras en los niveles más bajos el acceso es nulo, porque son ellas las que están trabajando y “cuidando a los hijos de otros”.

Una estrategia ha sido que los cuidados pasen a la órbita pública. Pero esto no ha implicado necesariamente que sea desde una “perspectiva feminista”. Muchos actores que se ocupan de esto no son feministas. Algunos llegan a trabajar en estos temas porque están preocupados por la alta natalidad, otros porque las mujeres altamente preparadas se ausentan mucho tiempo de sus trabajos, y otros lo hacen porque ven una oportunidad de crecimiento.

Uruguay ha implementado un Sistema Nacional de Cuidados, que intenta tener una visión progresista. En este sentido, formalizar el trabajo doméstico ha sido prioritario. El salario mínimo de las trabajadoras domésticas aumentó 92 por ciento, cuando el del resto de los trabajadores aumentó 56 por ciento.

Para Martínez Franzoni, es preciso distinguir empoderamiento económico de bienestar: “Podemos tener empoderamiento económico pero perder bienestar, y viceversa”. Mejorar el empoderamiento, entendido como “mejorar el acceso a recursos sin perder bienestar”, es una necesidad.

No se trata de acomodar los cuidados para que molesten menos, sino de “ponerlos en el centro”. “Tampoco es cuestión de acomodar un parto para que moleste menos en la trayectoria de vida, sino de asumirlo como algo que quiero, y asumir que tengo que compartir los cuidados con alguien, sea con un hombre o sea con el Estado”.

En todos los países hay mujeres pospatriarcales, pero no alcanza con “salvarse una”. El contexto latino a futuro será de restricciones económicas. “Difícilmente en los próximos años haya posibilidades de gasto social, por eso tenemos que apelar a la redistribución de los roles familiares para sostener la economía”. Y será necesario hacerlo desde una perspectiva feminista “para que el patriarcado no se caiga sobre las mujeres más pobres”.

 

Con información de La Diaria

https://feminismos.ladiaria.com.uy/articulo/2018/9/estrategias-de-cuidados-para-que-el-patriarcado-no-caiga-sobre-las-mujeres-mas-pobres/

 

Con imagen de La Diaria

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